La tomo de la mano, está más bien fría. La cubro con un jersey, intentando no despertarla. Su casa es más bien acogedora, no es que tenga una decoración que a mi me vuelva loco, sin embargo es fiel a su estilo, o al menos eso creo por lo poco que la conozco. Hay fotos por todas partes, sus hermanos, sus abuelos, su padre, su madre, su hija, su marido… No obstante ella no aparece en ninguna.
Despierta, o al menos eso creo, me pregunta la hora y sin escuchar se da media vuelta y sigue soñando, lógicamente me ha confundido. Me pregunto qué estará soñando. En qué momento me habrá tocado meterme en el cuerpo de policía. Dentro de poco deberé despertarla, notificarle que su marido y su hija han fallecido en el accidente, calmarla, llevarla dondequiera que esté su familia e irme a casa con el deber cumplido. Es demasiado temprano, cuando despierte su vida cambiará por completo, mejor dejarla disfrutar un poco más de la antigua. Sonríe, duerme a pierna suelta y se enfunda entre las mantas. En poco menos de unas horas no dormirá, no comerá, no hablará, no vivirá y desde luego, sea lo que sea lo que está soñando no se cumplirá.
Me levanto, doy vueltas por la habitación, cae el sol. Me adentro en una habitación llena de trofeos, juegos de mesa, cartas llenas de facturas, ropa mal doblada y una gran estantería con libros. Me hace especialmente gracia un juego de mesa el cual jugaba con mi hijo, el ¿Quién es quién?. Recuerdo que solía decirle que en la vida no hay cosa más importante que saber quien es quien, quien es el que te va a proteger y quien el que te hará daño, tal vez debería habérselo dicho más veces.
Se me pone la piel de gallina, cae sobre mi una enorme sensación de inquietud cuando oigo que se ha levantado. Se asusta al verme, se le pasa al ver el traje de policía y se asusta de nuevo, esta vez con razón. Pregunta si ha pasado algo, le digo que tome asiento y ella obedece. Hago mal introduciéndola un poco en situación, ella saca sus propias conclusiones y echa a llorar, y hago peor dándole esperanzas, se me va de las manos. Ella lo soluciona rápido preguntándome si han fallecido, así que no me queda otra que destapar las cartas de golpe. Pierdo la partida y lo peor es que no hay ganador.
Un conductor novel se había salido un poco de la línea en un despiste en medio de la carretera nacional, el coche de su marido daba un volantazo y ambos ocupantes del coche morían mientras ella soñaba con algo que aún me reconcomía. Diez minutos más tarde ella seguía en el sofá echada, con los ojos cristalinos y yo esperando órdenes. Se disculpa y con apenas un hilo de voz me ofrece algo para beber. Admirable, yo en jaque, no se ni que decir ni que hacer y ella se preocupa por los modales, ¿cuándo dejé de madurar?.
Por fin rompe el silencio tras media hora más de ausencia, no para pedirme que la lleve a ningún sitio, ni para saber más de lo sucedido, ni para ofrecerme algo para comer. Ojala me hubiese pedido que la llevara a algún sitio. No tenía fuerzas ni valor cristiano para suicidarse, sin embargo quería que yo acabase con su vida. Según ella, uno nace sin motivos para vivir y se los construye según vive, irónico. Contra eso nadie podía contradecirla, y menos yo que en los diez años posteriores a la muerte de mi hijo era poco menos que un espectro sin vida, sin alma, sin motivo.
Siento que mi vida vale algo desde que hice lo que hice, y pienso que ojala yo también hubiese escogido ese camino. Yo, sigo aquí en mi celda, escribiendo estas cartas para un destinatario desconocido, y es que en el ¿quién es quién? el que escoge mal acaba perdiendo.
LiTuS_IV’08








